Él, partió un par de meses atrás a un viaje de negocios, pero en el camino de vuelta a casa la embarcación en el cual se encontraba quedo sumergida en el mar. No paraba de ver el reloj, los minutos pasaban cada vez más lentos, como si se quedaran sumergidos en el pasado. De pronto, alguien tocó la puerta, ella era una mujer que por su apariencia de arrugas en el rostro y de cabellera de hilos de plata, me detonaba una sensación de paz al verla. Le hice pasar a casa, tomó mi mano y sus noticias de buenaventura me regresaron el aliento. El reloj detuvo su paso del tiempo perdido en el infinito al escuchar sus palabras, con la esperanza de pronto recibirlo en casa y una vez, más volver a mirar juntos aquel reloj encima del escritorio.
Por Anahim Martínez Meyo Y
Fátima Morales Cruz.
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