Era Machu Pichu.
La luna casi no se podía ver, la neblina era espesa, todo era oscuridad.
El tiempo se hacía pasar eterno.
Yo corría desesperadamente.
Tan solo podía escuchar las ramas de los árboles siendo desgarradas,y sus pisadas cada vez más cerca; hasta podía escuchar su gruñir.
Agotado con el corazón acelerado, continué corriendo lo más rápido posible, sin ni siquiera voltear del pavor que sentía.
A lo lejos parecía poder ver una luz, continué corriendo; fué cuando abrí totalmente los ojos.
Y ahí estaba, en la cabaña con la luz de la vela alumbrando los párrafos del libro; ya habían transcurrido un par de horas.
Por Marco Antonio Flores Rueda.
Marco, no nos contaste el final!
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