jueves, 20 de septiembre de 2018

Miradas ocultas

Justo la tarde empezaba a caer, el sol ocultándose en el horizonte, dejando sentir el frío de la noche; los luceros asomándose poco a poco cuales destellos, mientras el cielo oscurecía, el sonido de los pájaros crecía, ellos sentados ahí, en medio del bosque, sobre la sábana y una rosa como únicos testigos; ambos mirándose a los ojos, tratando de descifrar lo que ahí ocurriría, era el momento perfecto para decirse lo que por tanto tiempo habían callado.
Frente a esta romántica escena, un lago con aguas tan cristalinas que sus cuerpos podrían reflejarse en ellas y el silencio de aquel bosque era la música perfecta para esa ocasión.
Cuando ella alzó su copa, su mano comenzó a temblar, su voz se cortaba y en su mirada reflejaba un brillo especial, no sabía lo que estaba a punto de ocurrir. Él, tan seguro de sí mismo, levantó su copa y mirándola a los ojos brindó por aquel mágico momento; ese lugar perfecto, donde solo ellos podrían ser los únicos protagonistas, ese instante tan suyo, donde el amor comenzaba a adueñarse de sus almas. Mirándola siempre con ternura y pasión, brindó por ella, por tenerla ahí, por haber aceptado esa salida tan única e irrepetible, brindó por lo que estaba a punto de ocurrir.
Cuando se veía dispuesto a pedirle aceptara ser el amor de su vida, ella se adelantó y poco a poco fué acercando su boca a la suya y tocó su cara mientras su mirada recorría su rostro, rozó sus labios para después besarlos, haciéndole sentir que era suya y en ese beso ella demostró todo el amor que por mucho tiempo ocultó, pero también demostrándole que estaba ahí, dispuesta a entregarse a él, que aún sin conocerlo, sabía que existía y sabía que llegaría y sería así, justo como ella lo había soñado. 


                                                   

                                                   
Por Eduardo Cortés Romero y
Ma. del Carmen Cortes Pérez

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